La tragedia del accidente del avión Hércules de la Fuerza Aérea en Puerto Leguízamo, Putumayo, enluta a una familia del municipio de Nataga, en el Huila. Entre las víctimas están Romer y su sobrino John Fader Cruz Silva, ambos soldados profesionales de 22 años, quienes viajaban juntos en la aeronave junto a otros uniformados.
Los dos hacían parte del grupo de militares que el pasado 23 de marzo abordaron el avión, sin que sus familiares imaginaran que ese sería su último viaje. La noticia ha generado profundo dolor en esta población del sur del país, donde ambos crecieron y construyeron su historia familiar.
El sueño de ayudar a su madre
Romer llevaba dos años en el Ejército y, según su familia, era un joven noble, humilde y comprometido con su hogar. Su mayor anhelo era brindarle una mejor calidad de vida a su madre, una mujer cabeza de hogar que sacó adelante a 11 hijos.
Su hermana, Aura Esneda Vargas Silva, relató que el joven tenía planes concretos para ese fin de semana. “Él quería comprarle un comedor a mi mamá, ayudarla con las cosas de la casa. Siempre pensaba en que a ella no le faltara nada”, contó en entrevista.
La última comunicación con su familia fue el viernes anterior al accidente. En esa llamada, Romer le dijo a su hermana que llegaría el 24 de marzo y que preparaba una sorpresa para su madre. “Hermana, yo llego al mediodía, quiero que me esperes”, fueron sus palabras. Pocos sabían de su visita, pues quería sorprenderlos.
Una vida juntos: tío y sobrino inseparables
La historia de Romer y John Fader está marcada por una cercanía inquebrantable. Más que familiares, eran como hermanos. Nacieron con apenas un mes de diferencia, uno en septiembre y el otro en octubre, y desde pequeños compartieron todo: la casa, el colegio y, más adelante, la decisión de ingresar al Ejército Nacional.
Ambos lograron quedar en el mismo pelotón, lo que fortaleció aún más su vínculo. Según su familia, siempre permanecían juntos, incluso en medio de sus labores como soldados. “Se cuidaban, se protegían y nunca se separaban”, recordó Aura.
Para quienes los conocían, eran inseparables. Su historia es hoy símbolo del dolor que deja esta tragedia, al perder no solo a dos jóvenes, sino a dos vidas que crecieron y partieron juntas.
La espera en medio del dolor
Mientras avanzan los procesos de identificación en Bogotá, la familia permanece en Nataga a la espera de la entrega de los cuerpos. La incertidumbre y el dolor marcan estos días, en los que solo esperan poder despedirlos como se merecen.
Uno de los deseos de Romer, según sus allegados, era ser velado en la casa donde creció, un hogar humilde que compartió con su familia y con su sobrino. Ese será el último homenaje que esperan rendirle.