Con globos blancos, velas encendidas y una multitud que llenó el templo, Neiva despidió a Ismael, el niño de 11 años asesinado durante un atentado armado ocurrido cuando se dirigía al colegio junto a su padre, Edgar Rodríguez, director de la cárcel del municipio de Rivera (Huila). La misa se convirtió en un acto colectivo de duelo, pero también en un escenario de palabras contenidas, miradas largas y un silencio que habló por sí solo sobre el impacto de una violencia que alcanzó a quien no tenía ninguna relación con el conflicto que lo rodeaba.
“Yo no perdono, eso le corresponde a Dios”
En medio del dolor, Edgar Rodríguez habló con LA FM y dejó una frase que resonó entre quienes lo acompañaban. “Yo no perdono a los asesinos de mi hijo. El que perdona es Dios”, dijo con voz firme, sin rencor visible, pero con una claridad que reflejó la dimensión de la pérdida. Explicó que no guarda odio ni resentimiento, pero que el perdón no es una decisión humana en medio de una tragedia de esta magnitud. “Todo está en manos de Dios. Él se encargará de eso”, insistió.
Un ataque que no iba dirigido al niño
Las autoridades confirmaron que el atentado tenía como objetivo al subdirector del centro penitenciario de Rivera, compañero de trabajo de Rodríguez, quien permanece en estado crítico. El niño murió en medio de ese ataque, un hecho que generó consternación en la comunidad. Para muchos de los asistentes a la misa, este detalle agravó el dolor. “Ismael no era el blanco. Él iba al colegio, como cualquier niño”, comentaban en voz baja algunos vecinos, mientras sostenían flores y globos.
Un hijo esperado durante años
Rodríguez recordó a su hijo como un regalo largamente anhelado. “Le doy gracias a Dios y a la Virgen de Aránzazu, porque somos devotos. Fuimos muchas veces a pedirle que nos regalara ese hijo”, relató. Contó que su llegada se dio después de diez años de matrimonio, un proceso que describió como una espera llena de fe. “Cuando llegó, fue una bendición total. Una ilusión muy grande”, dijo. En sus palabras, Ismael fue un niño cercano, presente, con una risa que marcaba cada espacio de la casa.
La memoria íntima de un padre
El director de la cárcel habló de los recuerdos cotidianos, de esos que no suelen aparecer en los titulares. “Lo recuerdo todo: su risa, su forma de ser. Yo le decía ‘mi macho berraco’”, contó, dejando ver el vínculo que los unía. Dijo que su hijo lo acompañaba siempre y que compartían casi cada momento del día. “Nuestra casa era el mismo lugar todos los días, siempre juntos”, afirmó, mientras agradecía a quienes se acercaron a acompañarlo. “Esto es muy duro. Les pido que hagan mucha oración por mi hijo y por nosotros”, agregó.
Rechazo ciudadano a la violencia
Durante la ceremonia, varias voces expresaron indignación por lo ocurrido. “Es inaceptable lo que está pasando en este país. Atentar contra un niño no tiene ninguna justificación”, dijo Yoli Alexandra Manrique, una de las asistentes. En el mismo sentido, José Libardo Cortés señaló que el crimen dejó una herida en la comunidad. “Los niños no tienen ninguna vela en este entierro. Esto no puede repetirse”, afirmó, mientras acompañaba a la familia.
Acompañar el dolor
Amigos cercanos insistieron en la necesidad de rodear a los padres en este momento. “Ahora la fortaleza es para Edgar y Angélica, para aprender a vivir en un entorno distinto, sin Ismael”, expresó Carlos Solano, quien destacó la fe como un soporte fundamental. La ceremonia concluyó sin discursos largos, con abrazos silenciosos y una frase que quedó entre los asistentes: “Yo no perdono. Que lo haga Dios”.