En Bogotá crece la preocupación por el aumento exponencial de las agresiones que sufren día a día los guardas anticolados dentro de las estaciones de Transmilenio. Según la Secretaría de Seguridad, de los 680 guardias antievasión que actualmente custodian los diferentes puntos del sistema de transporte público, más de 200 ya han sido víctimas de agresiones en lo que va del año.
A raíz de esta situación, desde inicios de abril, los Gestores de Convivencia de la Secretaría de Seguridad, en conjunto con la Policía y el equipo de Transmilenio, vienen adelantando intervenciones en varias estaciones de la troncal de la Caracas. Estos operativos buscan hacer cumplir el Manual de Usuario con el objetivo de fortalecer las condiciones de seguridad y orden dentro de las estaciones y los buses articulados de este importante corredor vial de la ciudad.
Sin embargo, de acuerdo con la Secretaría de Seguridad, el mayor número de altercados se ha presentado en puntos críticos donde se reportan con frecuencia hurtos, riñas, evasión del pago del pasaje y denuncias contra usuarios que transportan objetos sobredimensionados.
Dichas intervenciones se han enfocado en la sensibilización a vendedores informales sobre el buen uso del espacio público dentro de las estaciones. Según el Manual de Usuario expedido por Transmilenio, dentro del sistema está prohibido ingresar con mercancías para venta no autorizada, carros de mercado, cestos de transporte de mercancías, exhibidores de productos, estantes, canastos, baldes, colchones, muebles, neveras u otros artículos similares. Por su parte, también está prohibido el traslado de objetos sobredimensionados que superen los 60 centímetros de alto, 40 centímetros de largo y 25 centímetros de ancho.
Detrás del uniforme: la historia de una guardiana el sistema
La FM conoció la historia de Catalina, una de las tantas mujeres a las que les ha tocado vivir estas agresiones mientras evita que usuarios malintencionados evadan el pago del pasaje. Antes de que amanezca por completo en Soacha, Catalina ya está lista para salir de su casa. Se despide de su hijo, se ajusta el uniforme y comienza un largo recorrido hacia alguna estación de Transmilenio en Bogotá.
En el camino se mezcla con cientos de pasajeros que, como ella, madrugan para trabajar, aunque pocos imaginan que detrás de la mujer que vigila los torniquetes hay una madre cabeza de familia que enfrenta jornadas difíciles para sacar adelante a su hogar.
No siempre trabaja en el mismo lugar. A veces debe cruzar buena parte de la capital para llegar puntual a cuidar los accesos del sistema, vigilar los torniquetes y enfrentar una de las tareas más complejas del transporte público: impedir que los usuarios se cuelen. Lleva dos años en esta labor que le gusta, pero reconoce que es un trabajo desagradecido. Muchas veces debe soportar insultos, empujones y malos tratos de personas que arremeten contra quienes solo están cumpliendo con su deber.
“Las palabras van y vienen. Si yo me enfoco en que me dicen malas palabras, uno se llena de rabia, se frustra y va a trabajar mal. Lo importante es que no haya una agresión física. Me siento muy orgullosa de mí misma y de mis compañeros, porque yo sé que estamos haciendo una gran labor”, manifestó Catalina.
Aun así, regresa todos los días. Lo hace por su hijo de 14 años, estudiante de décimo grado, el centro de su vida y la razón que la impulsa a levantarse cada mañana. Como madre cabeza de familia, sobre sus hombros descansa la responsabilidad del hogar. Cada turno, cada recorrido y cada hora de pie dentro de una estación tienen el mismo propósito: darle un futuro mejor a su hijo.
“Nosotros tenemos una relación muy bonita. Tratamos de pasar el mayor tiempo posible juntos, ya sea quedándonos en casa viendo una película o, cuando se nos da la oportunidad, saliendo a pasear”, aseguró.
En medio del cansancio, ella encuentra fuerza en los pequeños momentos cotidianos. Hablar con su hijo después de clases, saber cómo le fue en el colegio, ir al cine o compartir tiempo con él y con su madre son espacios que valora profundamente. En ese entorno familiar encuentra un refugio frente al desgaste de las largas jornadas y el trato hostil de algunos usuarios.
Su mayor sueño es tener una casa propia; un lugar donde pueda vivir tranquila junto a su hijo y su madre. Mientras ese día llega, Catalina continúa trabajando entre torniquetes y plataformas llenas, madrugando desde Soacha, atravesando Bogotá y enfrentando jornadas complejas con la frente en alto.