Yolanda Ruíz fue condecorada en 2025 con el premio Simón Bolívar de periodismo por su trayectoria en el oficio de informar a través de la radio, la televisión y la prensa escrita. Y es que son 40 años de vivencias de todo tipo, algunas de ellas las ha plasmado en sus libros ‘En el filo de la navaja’ y ‘Los que quedan’.
En el primero de ellos recuerda anécdotas de su carrera y une estos relatos con reflexiones sobre el oficio. En ‘Los que quedan’, retoma las cenizas de un libro que intentó escribir a finales del siglo XX, pero que por diferentes razones solo pudo llevar a cabo años más tarde, cuando buscó entre archivos y papeles aquellas historias; historias que la devolvieron al pasado y por las cuales descubrió que era una mujer con cicatrices por sanar.
Diferentes casos que conoció, no solo en su vida profesional; el llanto y decenas de horas de escritura; edición y reflexión devinieron en un libro con el que pretende dejar ver que, incluso en las burbujas, se es víctima del conflicto armado en Colombia.
Los sobrevivientes del conflicto armado y el periodismo
Sobre estos espacios personales, le pregunto si considera que escribiendo sobre su pasado logró canalizar sus sentimientos más hondos. Afirma que el libro fue una catarsis, no obstante "no creo que se hayan cerrado plenamente los ciclos, pero sí creo que sanaron o comenzaron a sanar algunas de las heridas", dice reflexiva.
Con sus palabras describe el tema central del libro, y ahonda en aquella violencia que le tocó vivir entre las décadas de 1980 y 1990: "Recolecto unos episodios muy duros de esta violencia en la que llevamos décadas, pero ese tramo en particular de tiempo fue tremendo, fue muy violento. Yo lo viví muy de cerca porque estaba empezando mi carrera como reportera. Me gradué en 1985, acabo de cumplir 40 años de trabajo… Al mismo tiempo fui madre en 1986. Entonces, estaba viviendo también esa experiencia y tuve la experiencia lamentable de haber perdido amigos muy cercanos en hechos de violencia".
También recuerda que realizando labor de campo se dio cuenta de que era una sobreviviente más, puesto que amigos muy entrañables habían desaparecido o muerto en medio de una sociedad convulsa y que ella, así como miles de colombianos, debían cargar con el dolor que les dejó el fuego: "Este libro habla de la violencia de los sobrevivientes. No hablo de las víctimas muertas, sino de los que quedan. Por eso el título del libro y el subtítulo que dice ‘la violencia no solo mata, a veces es peor’, sino que la vivimos quienes sobrevivimos de una manera muy cruda, muy dura. Y hablo desde la perspectiva de la salud emocional".
La salud mental y un enfoque necesario en la guerra colombiana
Además de dejar en letras sus sensaciones y vivencias, Ruíz determinó hacer el viaje en compañía de su hermana, Sandra, que ha trabajado durante décadas ayudando víctimas en Colombia y que no duda en darle una perspectiva profesional de lo que la escritora siente, pero también de aquello que marca a los sobrevivientes, incluso años luego de que la violencia les arrebató la tranquilidad. Sandra inició la atención a víctimas por los mismos años en los que la escritora ejercía el periodismo y juntas iniciaron un proyecto que vio luz en 2025.
Así lo recuerda la periodista: "Ese libro comenzó a tramitarse porque Sandra empezó a hacer ese trabajo y comenzó a contarme las historias de las víctimas de violencia y el trabajo que hacían ellos como terapeutas. A mí me pareció que esas historias había que contarlas, sobre todo porque en aquella época, el tema de la salud mental no estaba en la agenda pública. Hoy hablamos de atención psicosocial, hoy hablamos de la importancia de que las víctimas sean atendidas, hoy hablamos de los cuidadores, por ejemplo, y en esa época no se hablaba absolutamente nada de eso. Me pareció importante, periodísticamente hablando, relatar esas historias, no solo desde las víctimas, sino desde la perspectiva de estos profesionales de la salud que estaban acercándose a las víctimas para dar un apoyo emocional".
‘Los que quedan’ es el resultado de testimonios del conflicto armado colombiano y rescata casos como el bloqueo de, entonces, un niño, al intentar dibujar sin éxito la cabeza de diferentes personas. A su padre lo decapitaron; la tristeza de una mujer que intentó abrirse a Yolanda cuando ejercía reportería y le confesó que hombres violentos la mataron en vida; o la atención médica que recibió una niña que quería vengar a su padre, diciéndole a su hermano menor que tenía la responsabilidad de tomar la sangre de los perpetradores de un ataque en contra de quien los concibió.
Pero era importante para la autora darle una explicación emocional: "Sandra era crucial porque yo relataba las historias que me contaron las personas, relataba mis propias historias en primera persona con mis amigos; uno muerto, uno desaparecido, uno que se suicidó, una amiga en el exilio. Contaba mis historias desde mi propia emocionalidad, pero ella, terapéuticamente y profesionalmente, nos ayuda a entender qué es lo que pasa en cada caso".
Los muros emocionales en la violencia colombiana
Otro tema son los muros emocionales, que todas las víctimas utilizan para poder seguir existiendo en un mundo que no para, "es algo que tú levantas como los muros físicos; levantas un muro emocional para protegerte. El muro emocional lo que te permite es seguir viviendo a pesar de que tengas un dolor muy profundo. Y las personas que de una u otra manera han estado cerca de episodios de violencia suelen generar muros emocionales para poder funcionar".
Concluye de su investigación que hay dos tipos de personas: "unas se hunden definitivamente en el dolor y no logran salir, y otras logran sobrevivir y para hacerlo, cuando no tramitan adecuadamente sus emociones, arman esos muros con los cuales decimos: "‘Tengo mucho dolor, pero lo guardo en un rincón, trato de que no me duela y sigo trabajando, sigo funcionando’".
Afirma que eso es lo que le ha pasado a Colombia, pese a ciertos episodios de violencia, el país sigue avanzando. "Es una cosa como extraña y hay personas que vienen de fuera que no entienden cómo es que seguimos funcionando en medio de tanta violencia".
La normalización de la violencia
Muy relacionado con los muros emocionales, Ruíz afirma que el país ha normalizado el conflicto armado, "es parte de una fórmula para sobrevivir, es parte de un ejercicio de resiliencia. Hay que seguir, pero al mismo tiempo es desconectarse de la dimensión humana del dolor", asegura pensativa.
También apunta que en Colombia se debe trabajar en la reparación emocional de los habitantes, especialmente aquellos que han sido afectados: "Hemos sido expertos en contar víctimas, discutimos sobre cuántos son, si 200,000 o 250,000, cuántos son los desaparecidos, los asesinados... nos hemos obsesionado mucho con lo cuantitativo, con quiénes son los perpetradores, si ha habido justicia o procesos de paz, pero no hemos tramitado colectivamente lo que esto significa desde el punto de vista de las emociones".
Los rostros del conflicto armado
Pero, en muchos casos, los victimarios han sido también víctimas en el pasado. Yolanda Ruíz lo sabe y, en un par de capítulos, habla de una mujer que decidió enlistarse en la guerrilla, luego de ser abusada por su padrastro y del caso de un combatiente que reveló a Sandra "tener ganas de matar", en medio de una campaña de atención a personas, luego de mostrarle un arma de fuego.
Este último apartado, recuerda la autora, fue un capítulo complejo de crear, dado que, confiesa, no comprendió por lo que pasó su hermana sino hasta que se sentó a reescribirlo treinta años después de que Sandra le comentara lo que sucedió. Afirma que, por entonces, no se tenía la visión de lo que es un cuidador: "Hoy sí tenemos claro que al cuidador hay que cuidarlo también. Entonces, yo en ese momento no tuve claro en toda su dimensión lo que mi hermana estaba viviendo; pasaron 30 años para entender exactamente lo que ella había vivido. Entonces, lo reconstruimos, volvimos a hablar con ella; tenía presentes muchos detalles…".
Indica que, para completar el texto, era importante tener la perspectiva de los victimarios que han sido afectados también; "porque la violencia no pasa impune por la vida de nadie, tampoco por la de los victimarios. Y me parecía importante que el libro abordara también el fenómeno de los victimarios que son afectados por su propia violencia".
Finaliza afirmando que Sandra le recordó que tenían que ver el pasado como una fotografía al momento, dado que la violencia de los años noventa es muy diferente a la de la actualidad, especialmente, porque existen avances en atención a víctimas. Después de treinta años, Yolanda Ruíz considera que el proceso junto con Sandra fue "interesante y apasionante para las dos, reencontrarnos con ese proyecto que en un momento trabajamos y que se quedó guardado en un cajón".
Un libro para toda la sociedad
Yolanda considera que todos en Colombia son víctimas del conflicto armado y dice estar sorprendida porque, conversando con diferentes lectores, estos le han confesado que, sin ser conscientes de ello, en efecto eran sobrevivientes. Recordó un par de casos. El primero de ellos fue el de una pesca milagrosa y el segundo data de una mujer que le reveló que su abuela "‘fue desplazada y ese es un tema del que no se habla en mi familia... y yo leyendo el libro entendí que hay que hablar de eso. O sea, que el desplazamiento no era culpa de mi abuela; la sacaron de su tierra y eso quedó enterrado porque parte del mecanismo de defensa era levantar esos muros de silencio’".
Se da un tiempo para pensar y asegura que "fue un poco lo que me pasó a mí también. Yo empiezo a enfrentar las historias de mis amigos: de un amigo que asesinaron, que fue el primer novio que yo tuve cuando tenía 15 años y lo asesinaron unos años después; de un novio que desaparecieron que todavía está siendo buscado por su hermano mellizo; de un novio que se suicidó; de una amiga que está todavía en el exilio. Cada uno de esos dolores fueron dolores que yo viví".
El dolor, el llanto, la catarsis
El sonido de las teclas estuvo acompañado por las lágrimas y Yolanda afirma que se sorprendió, porque muchas personas le confesaron llorar al sentir personales los sucesos narrados en ‘Los que quedan’: "Yo escribí este libro llorando mucho porque era parte de la catarsis y me parece que eso ha sido para muchas personas el libro. Yo no me imaginé que fuera así; yo entendía que para mí lo era porque tenía un involucramiento personal, pero luego descubrí que está ayudando a hacer catarsis a muchos también".
Finalmente, concluye que el llanto es necesario, porque "libera, hace que tú descanses, que el alma sane. No era la intención que el libro ayudara a llorar, pero sí muchos lectores me han referido que les ha ayudado a llorar y que han tenido que parar por momentos para poder enfrentar sus propios dolores".
En 2026, la autora publicará, junto con María Elvira Samper, un nuevo libro, que está relacionado con el podcast que en conjunto realizan: ‘Menopaúsicas ¡y qué!.